- Sin acritud, dijiste, al decidir pasar tu brazo por detrás de mi espalda, para estirarlo, según tú, mientras tomábamos una jarrita de sangría en las Cuevas del Sésamo… allí en un Madrid de luz tenue, lluvioso y gris que no apreciábamos desde esa perspectiva.
Me miraste y casi me pediste perdón por hacerlo.
No se tú, pero cada vez que nuestras manos, nuestras piernas, alguna parte de nuestro cuerpo se rozaban lo más mínimo, salían chispas de mis ojos que apenas podía controlar…

Era la sangría, te dije. Pero sin acritud…
Comenzamos a hablar, y como si de esos intelectuales de principios de siglo pasado, en esas mismas cuevas, se tratara, comenzábamos a dirimir nuestro futuro o no futuro, rodeados de paredes, con letras de los más famosos pensadores incrustradas y que ayudaban a crear un ambiente pseudointelectual, racional, y algo insensato.
Pero la sangría comenzaba a hacer acto de presencia en nuestro organismo, al menos en el mío, y eso unido al amor refrenado durante semanas, al órdago que le eché a la compostura y a la sensatez durante días y días interminables en los que sólo te pedía tiempo, y al caos más absoluto presente en mi cabeza de voces y voces que aconsejaban en todas las direcciones posibles… Dije:

Sin acritud…
...y te besé…