A las 6.45 suena mi despertador, y lo apago y dejo sonar unas cuantas veces hasta que mi cuerpo reacciona a la orden de mi cerebro de que hay que levantarse.
Hoy ha costado algo más, ya que anoche tuve que tomarme un relajante muscular para mi espalda, y por supuesto me he retrasado en todo y llegué algo tarde a trabajar. Tan solo unos minutos, aunque desgraciadamente ya saben de mi impuntualidad.
Y según me despejaba y comenzaba a hacer lo que todos los días, me preguntaba: ¿es lo cotidiano un regalo?, ¿o más bien un escollo que salvar?.
Cuando la cabeza y el corazón parecen estallar, bien sea por cosas buenas o no tan buenas, me resulta dificil concentrarme en lo cotidiano, tengo un alma libre y como dice una amiga mía un mundo interior muy interesante... no lo dice porque lo conozca al dedillo, sino más bien porque de vez en cuando ve cómo desconecto de lo cotidiano para mirarme dentro, en la esquina de mi alma...
Pero a la vez, lo cotidiano es lo que nos permite vivir con los pies en la tierra, lo que nos hace darnos cuenta que no estamos solos, que tenemos gente alrededor, lo que nos hace ser un poquito menos egoístas y ver que por el alma de muchos más hay un tráfico de sentimientos, alegrías y tristezas, en muchos casos, mucho más intenso que en la tuya...
Hoy es de esos días que lo cotidiano se me hace cuesta arriba, pero que me está sirviendo para ver que tengo que estar agradecida, porque en lo cotidiano, Dios también me cuida...

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