Hoy vuelvo a tener esperanza. Algo me dice que será un buen día, aunque no sería la primera vez que yerro en mis predicciones.
Como cada vez que me siento con fuerza e ilusión no puedo evitar echar la vista a atrás y valorar lo vivido hasta ahora. Para ver lo que he aprendido, lo que he superado, lo que has crecido, y lo que has conseguido.

Hace casi un mes que me quité tu anillo de mi mano, y cuando lo hice pensé que era para siempre. Ese anillo solitario, de oro y diamante, especial, precioso, que pusiste en mi mano la noche de San Juan entre las hogueras de una pequeña playa gallega, con la esperanza de compartir tu vida conmigo toda la vida.
Y pensando en él me he puesto a recordar el día que rogando, llorando y casi dándome cabezazos contra la pared le rogué a mi madre que quitara de casa todo lo que me recordara a ti. Tiré tu anillo encima de la mesa y le dije, “escóndelo, no lo tires que al menos tiene valor material…” jajaja, curioso, pero semanas después fue lo que tú me dijiste… “aunque sea por lo que me costó, no lo tires…”
Fui absolutamente consciente del dolor tan intenso que puede producir un simple recuerdo, una sola foto… incluso durante unos días fui incapaz de acceder a algunas páginas de internet porque la contraseña que me pedía tenía algo que ver contigo.
Sólo quería apartar de mi tu recuerdo…
Hoy, varias semanas después, me he puesto a buscar esos recuerdos escondidos no sé donde. Quiero recuperar ese anillo y meterlo en el bolso por si acaso, no sé, me vuelves a preguntar por él y deseas ponérmelo en el dedo como tantas veces me has dicho estas últimas semanas.

No los he encontrado, mi madre los escondió a conciencia.
Finalmente me he rendido y le he preguntado en tono jocoso: - ¿Dónde has escondido los objetos…?, -religiosos?, terminó ella. Con intención de quitar hierro al asunto.
- Sí, le he contestado. Después de echar unas risas y darle un fuerte abrazo.
- Ahora te los doy, hija… entonces ¿ya se pueden sacar?...
- Sí, mujer, sí.
Al rato me dijo: - Hija, en cuanto me lo dijiste recogí todo con prisa y lo escondí bien para que no pudieras encontrarlo, porque no hubo nada que a mí me doliera tanto en la vida como tener que quitar yo sola todos los objetos de la casa cuando se fue tu padre.
En ese momento entendí el dolor tan intenso que produce una ruptura, y en ese momento entendí el dolor porque el que pasó mi madre y que a mi siempre me quiso evitar.
Gracias mamá…